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sábado, 15 de junio de 2013

Bajo el reinado de Loki

A Pablo Morales y su amigo Loki (Lo prometido es deuda)

I
          Entreverado en su panteón de Dioses y Gigantes, los nórdicos tenían a una divinidad llamada Loki. Mal entendido por la mentalidad cristiana, por sus características se lo quiso asimilar a una especie de Demonio: es joven, seductor, egoísta, y sobre todas las cosas es un embaucador dado a la burla y la estafa. En  Ragnarök, el Fin de los Tiempos, Loki liderará las tropas que desde Hel ascenderán para vencer  a los demás Dioses (que son mortales…). El árbol que sostiene al Universo entero caerá, y Loki terminará a su vez vencido entre los elementos.



II

          Una imagen recorre los medios: la del del Treintañero Chistoso. Es un coetáneo mío cuyo único deseo y poder es provocar la risa o la sonrisa. No dice nada. No pretende decir nada. Es un ser vacío con quien no es posible hablar en serio. Cualquier asunto es para él motivo de chiste y burla. Cuando una voz habla con gravedad, el Treintañero Chistoso formula un juego de palabras, inventa una situación absurda o simplemente una salida humorística, luego un coro de risas lo acompaña, y la voz se pierde en el barullo. Loki asciende.


III

        Alejandro de Macedonia conquistó Asia con algo más de veinticinco años. A los treinta y tantos, Dante Alighieri se encontró en un laberinto moral y escribió la Comedia. A los 18 Rimbaud mandó la poesía al carajo habiendo coronado el siglo XIX con un tomo de versos excelentes. Veamos más cerca en el tiempo y en el espacio. José Pedro Varela escribió “La Educación del Pueblo” con 29 años, y murió a los 34 después de haber impulsado una de las mayores reformas socio-culturales de nuestro país. Luego de una extensa cerrera como periodista y abogado, Carlos Quijano fundó “Marcha” a los 39 años. Hay un larguísimo etcétera.

         En este tiempo en que escribo, a mis 33 años, es inusual oír hablar de treintañeros serios. Hagamos el ejercicio de pensar en gente pública de esa edad dedicada a la Filosofía, a las Ciencias, a la Política. Difícil. Ahora pensemos en humoristas, en conductores de radio y televisión, en “standaperos”. Abundan, y no los asociaremos fácilmente al ámbito del pensamiento o el conocimiento.

        No quiero dar ejemplos, porque los lectores probablemente los conocen. Y porque este texto no es una embestida a las personas [i] a quienes desconozco. Esto es una observación sobre una imagen que se ha ido construyendo a partir de cientos de otras imágenes que aparecen en los medios de comunicación: es la del treintañero “canchero”, con “buena onda”.  En general es de sexo masculino[ii] . Tiene un origen de clase media o cuando menos maneja sus valores. Aprecia al viejo de boliche, aunque come en resto-pubs o rotiserías. Se hace querer por la casi extinta señora que va al almacén pero no cocina y prefiere hacer sus compras en el Supermercado. Respeta el llamado “Canto popular”, aunque escucha el mal llamado “rock uruguayo”. Habla con pasión y propiedad de fútbol, pero también corre la 10K. Puede tener incluso cierta formación terciaria: pertenece a la generación de “Estudiá una carrera para ser alguien en la vida” y  hace de vez en cuando referencia a cuestiones de “cultura general/académica”; eso lo vuelve en cierta medida respetable para la población profesional, aunque las referencias que haga se limiten a definiciones superficiales, de las que saca provecho haciendo el chiste oportuno.

       En un país avejentado que sin embargo no es ajeno a la idea mundial de “juventud exitosa”, pretende ser joven, y por ende hermoso. Hace cosas de jóvenes, y su simpatía y optimismo lo vuelven el defensor perfecto del Status Quo.


IV

      No sólo en los medios se hace muy difícil hablar en serio. Cuando se hace una crítica en el ámbito cotidiano, se evita la seriedad que implica, exorcizándola con expresiones como “es una crítica constructiva”, “es en una buena”, suavizando todo con una sonrisa de amabilidad o complicidad, del estilo “¿pero quién soy yo para decirte cómo hacer las cosas”. Esa sonrisa tiene un efecto mágico: como una poción del olvido, puede anular automáticamente todo lo que afirmamos anteriormente, porque lo carga de ironía. El problema es que anula lo dicho, pero no lo que sentimos. Cada vez que se evita ese enfrentamiento, se cargan tensiones que no desaparecen. Creo que una de las causas de que la gente explote violentamente es justamente el stress que genera el evitar señalar lo que  nos parece correcto cuando sentimos que debemos hacerlo.

      En contrapartida, cuando finalmente somos valientes, cualquier señal de seriedad en una exigencia o reclamo es sorprendentemente tomada como violenta en sí misma. Es tan extraño que la gente plantee sus reclamos desde la razón, que en general estos son  tomados como agresión, y el interlocutor se siente violentado. Pongo un ejemplo: de unas seis veces que reclamé a un chofer de ómnibus que parara donde tenía que parar, las seis de las veces se me “invitó” a bajar del vehículo, y en tres se sumó la “invitación” a pelear. Ante mi negativa a cualquiera de las dos, en general dichos choferes reaccionaron con desconcierto. Y es que no parece entenderse que se pueden hacer reclamos y exigencias desde la seriedad, con una razón fundamentada y sin ataque personal alguno. Dejar en evidencia el error del otro no tiene por qué ser un acto cruel, no es inhabilitar al otro en su tarea, ni despreciarlo como persona. Puede ser inclusive una acción respetuosa y  amable, sin necesidad de que pierda la dosis de verdad que se pretende imprimir a lo que se dice.

        Sucede entonces que cualquier diálogo confrontativo civilizado se vuelve en los hechos una ilusión. Por otra parte, la represión de la seriedad solo provoca que cuando esta aflora espontáneamente en nuestra vida cotidiana (que no es la de la radio o la televisión), sea tomada como agresión y no como argumento válido, solo porque no es usual.

V

       No descubro nada al afirmar que el humor hoy permea nuestras sociedades, hasta en aquellos ámbitos tradicionalmente considerados sagrados. Gilles Lipovetsky (que aclaro, no es santo de mi devoción) ha escrito extensamente al respecto[iii]. De cualquier modo, mi intención aguafiestas en este escrito es expresar mi preocupación por la aparente ausencia de contenidos serios producidos por la gente de mi generación. Cuando esos contenidos aparecen, es porque los interesados los buscan, encontrándolos en Internet o en algunos reductos de la prensa escrita, y no porque sean promovidos por la Radio y la Televisión. A ver: está claro que no es en los medios precisamente donde se ha promovido la generación de pensamiento. Pero observemos los “tipos” de personaje que aparecen en aquéllos: vemos al Conductor Respetable de 50 años o más, el Técnico que analiza actualidad desde su posición de economista o sociólogo, (difícilmente filósofo o antropólogo), la Mujer Espléndida anímica y físicamente, el Treintañero Chistoso... La “seriedad” está habilitada sólo en el primero, es decir en el hombre que ha nacido antes de los años 70.  Es sabido que los medios construyen prejuicios, y opinión…

      No soy el ciego Jorge de Burgos, aquel siniestro bibliotecario de “El Nombre de la Rosa” que veía en la risa un pecado casi capital. Entiéndase bien: amo el humor y la risa espontánea, honesta. También me sé reír de muchas de las  ocurrencias del Treintañero Chistoso. Pero me afecta sentir que la única representación de mi generación sea aquella imagen. Desde hace rato, cuando expreso preocupación o cansancio, o un planteo serio, la respuesta  inmediata, de la gente de cincuenta años suele ser “¡Pero vos sos joven!”. Según esto existiría una estado llamada juventud, que inmuniza contra dichos cansancio y preocupación, y aleja al  joven de todo peligro de seriedad. Es esperable que el “joven” sea un dechado de salud  y buen humor, más no de experiencia laboral y vivencial (que provoca cansancio) ni de argumentos y pensamiento (que generan seriedad).

VI

      En las mañanas de periodísticos radiales de Uruguay, Loki multiplica su voz amplificada: bajo la máscara de algún personaje con nombres de guiñol, se dedica a comentar las noticias de actualidad. Es lo que técnicamente se llama un “personaje plano o cuadrado”, es decir un estereotipo. Tiende a ser políticamente incorrecto, y por vía telefónica mantiene el diálogo con el conductor “serio” quien le sirve de ladero. El conductor “refrena” al personaje, (que suele tomar un punto de vista conservador y agresivo), y ataja cada disparate con una corrección (“¡Nooo… ¡¿Cómo va a decir eso?!”). El problema radica en que se deje de escuchar una interpretación satírica hecha por un actor, y que en cambio se empiece a entender al personaje como una voz legitimada por el solo hábito de estar sonando. De allí, se habla de “lo bien que estuvo” el personaje, en contra de la contención del conductor. Se olvida así que ambos forman parte de una misma propuesta comunicativa. La apariencia de “seriedad” con que el conductor corrige el diálogo disparatado, se vuelve entonces un asunto más perverso. Ambas voces colaboran en la enunciación de afirmaciones reaccionarias, a veces con racismo y discriminación brutales. Y en caso de que alguien quiera señalar la inmoralidad del planteo, siempre queda como recurso de defensa el “animus iocandi”, es decir la idea de que todo fue con espíritu jocoso, juguetón. Era una jodita, nomás.

VII

       Tengo para mí que los nórdicos cayeron en la trampa cuando soñaron un Ragnarök bélico para pensar en la Caída de los Dioses. Creo que Loki se guardó como de costumbre un As tramposo en su manga y no vendrá con un ejército Gravemente Wagneriano a destruir a los Dioses de ceño fruncido del Asgard. Tampoco proclamará con fuerza la caída del Árbol, ni el Cielo cambiará su color. Loki aparecerá por la espalda y empezará a contar chistes acerca del Árbol caído, del Tuerto Odín y del Martillo de Thor.  Provocará la risa y los Dioses irán perdiendo su divinidad hasta disolverse.

      Sé que hasta ahora este texto puede haber resultado algo denso por su temática y su tono. Pero los lectores con poco tiempo o concentración ya habrán huido a lugares más amigables. Algunos llegaron hasta esta conclusión con algo de enojo y tal vez otros presupongan que me quedo en la queja. Personalmente, considero que existe un problema, pero Loki pronto llegará a los cuarenta, ya le empieza a doler la espalda y de tanto sonreír se le marcan las arrugas. ¿Qué quedará entonces de él en diez o veinte años? ¿Cómo recuperará su dignidad? Hay una posible solución y es empezar a hablar en serio. No desterrar el humor o la risa, sino al menos intentar generar otras propuestas que demuestren que es posible crear pensamiento significativo. Ese es el origen de este blog: demostrar que además de reírnos, en este lugar espacial, generacional, simbólico, en este “Aquí”,también existe Pensamiento. Rebatible, equivocado, pero con todo el ánimo de ser serio, 
                                                                                                                   Horacio Botta
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Algunos enlaces de interés:
Un artículo de la Defensora del Lector de “La Diaria”, que trata el tema del alcance del humor en la Prensa:
El libro completo “La Era del Vacío” de G. Lipovetsky:
Una columna de Hugo Burel sobre el trabajo de Lipovetsky:
Un artículo (en inglés) acerca de Loki (de donde extraje la imagen de la divinidad)




[i] Llamaré aquí “persona” al ser de carne y hueso, e “imagen” a un signo de los medios de comunicación. Aunque la palabra “persona” refiere en origen a las máscaras que se usaban en el teatro de la Antigüedad, digo adrede personas y no “sujetos” o “individuos” porque estos significantes tienen una carga filosófica demasiado profunda. Me es más fácil hablar con el término familiar de “persona”, que implica un ser humano con una historia personal y social, que tiene un contexto de vida histórico, y que, como señalo arriba, es imposible de conocer por su complejidad. En oposición uso el término “imagen”, visual y discursiva,  para referirme precisamente a una construcción mediática. La prefiero aquí a conceptos como “símbolo” o “ícono”, por lo mismo que evito “sujeto” e “individuo”.
[ii] Aunque desde hace poco tiempo la corrección política ha hecho imprescindible que aparezcan mujeres con este perfil.


[iii]Cada vez más, la publicidad, los programas de animación, los eslogans y la moda adoptan un estilo humorístico.(…) En todas las sociedades, incluidas las salvajes, donde la etnografía descubre la existencia de cultos y mitos cómicos, el regocijo y la risa ocuparon un lugar fundamental que se ha subestimado. Pero si cada cultura desarrolla de manera preponderante un esquema cómico, únicamente la sociedad posmoderna puede ser llamada humorística, pues sólo ella se ha instituido globalmente bajo la égida de un proceso que tiende a disolver la oposición, hasta entonces estricta, de lo serio y lo no serio; como las otras grandes divisiones, la de lo cómico y lo ceremonial se
difumina, en beneficio de un clima ampliamente humorístico. Mientras' que a partir de las sociedades estatales, el cómico se opone a las normas serias, a lo sagrado, al Estado, representando por ello otro mundo (…), en la actualidad esa dualidad tiende a difuminarse bajo el empuje invasor del fenómeno humorístico que incorpora todas las esferas de la vida social, mal que nos pese. (…) los panfletos violentos perdieron su preponderancia, los cantautores ya no están de moda; ha surgido un nuevo estilo desenfadado e inofensivo, sin negación ni mensaje, característico del humor de moda, de la escritura periodística, de los juegos radiofónicos, de la publicidad de muchos comics. Lo cómico, lejos de ser la fiesta del pueblo o del espíritu, se ha convertido en un imperativo social  generalizado, en una atmósfera cool, un entorno permanente que el individuo sufre hasta en su cotidianeidad”

 La Era del vacío. Cap. V:  La sociedad humorística. Ed. Anagrama

viernes, 24 de mayo de 2013

Empanaditas de Amor


Me propongo aquí hacer un análisis de uno de los comerciales de Coca Cola, que me llamó la atención hace unos meses y desde hace un tiempo no veo en las tandas. No soy analista publicitario ni publicista, pero intentaré ser lo más ordenado posible para fundamentar algunas conclusiones que formulo al final. Aquí dejo el enlace donde pueden ver el aviso. (Recomiendo hacer click derecho sobre el link y abrir en una pestaña nueva)
Descripción


El niño viste camisa a rayas azules, usa lentes de marco grueso que podríamos calificar de “retro” y su peinado está deliberadamente revuelto en un peinado “canchero”. También usa un reloj de pulsera de tipo deportivo, y una remera bajo la camisa abierta, lo que contribuye a “rejuvenecer” la apariencia(1). Adornan el ambiente cuadros con colecciones de mariposas que combinan los tonos de rojo, amarillo y los neutros blanco, negro y marrón,  un teléfono de disco amarillo y autos rojos de colección. Es decir que el personaje tiene perfil de coleccionista. Se trata de sugerir el cuarto de un niño pero el ambiente es el de un adulto obsesivo: todos los elementos están colocados en perfecta horizontalidad o verticalidad, no hay elementos inclinados, excepto por los lápices en el portalápices a la izquierda, un libro o cuaderno a su lado, y una madera en el estante de arriba. Sin embargo, la desprolijidad es aparente: libro y madera, incluso los lápices inclinados hacia la izquierda  están colocados de forma paralela.

 El ambiente de la madre, en cambio, no parece tan cuidado, y esto refuerza la idea de que es el niño el que ordena de forma sistemática su cuarto. Frente a la perfección buscada del dormitorio del niño y del aspecto en sí del personaje, la cocina y la madre que cocina allí tienen otros atributos. La madre es un personaje con aspecto cansado, de unos treinta y cinco o cuarenta años. Aparece encorvada, el cabello está más bien despeinado, usa un buzo de hilo descolorido, arremangado y más bien arrugado. En la cocina no hay intento de belleza ni de orden sistemático. Hay cinco imanes de heladera colocados sobre imaginarias líneas paralelas, pero un imán está ostensiblemente fuera de lugar, inclinado, sin ningún objeto paralelo (como era el caso de los lápices, el cuaderno y la madera.) e incluso este imán torcido está tapando otro. Un repasador con círculos naranjas y marrones, yace abandonado y arrugado sobre el respaldo de una silla o escalera de cocina. La cubierta vinílica de pared, en cuadrados azules y celestes, se combinan con la cocina y la heladera blancas (no modernas sino más bien de hace unos treinta o cuarenta años), que junto a la ropa, la mesa celeste y la masa dan un tono de palidez general.



El tono retro de todo el comercial está dado por varios elementos combinados de la “carátula”, los dos cuadros alternados más la escena de la cena. El “tocadiscos” convertido en “ready made”, los lentes del niño, los cuadros y los juguetes, los electrodomésticos, la mesa de la cena; pero no hay que olvidar que, como se aspira a un ambiente de tipo familiar (con mesa redonda donde todos se ven la cara al comer) acorde con el título y el slogan es sobre todo la ausencia de elementos lo que nos da aspecto previo a la era de las telecomunicaciones: no aparecen computadoras ni artefactos electrónicos, el niño usa el reloj de pulsera (que hoy en día ni vemos usar en adolescentes) ni tampoco hay LCD o plasma, ni siquiera un televisor. Obsérvese con atención la comida familiar, y los integrantes de la mesa: un matrimonio con cinco hijos es sinónimo de abundancia, nos remite a épocas en que las familias eran numerosas (2). De los cuatro varones, uno usa un chaleco de lana sobre la camiseta (¡). Otro de cabello enrulado, tiene lentes también gruesos como el varón protagonista, y dos (el protagonista y el varón que está enfrentado a él en a mesa, usan camisas abiertas sobre camisetas (que es como nos vestíamos los adolescentes en los noventa). La niña, de rosado infantil y tradicionalmente femenino, usa brochecitos también rosados, de esos que hace más de cincuenta años pueden comprarse en un quiosco.

El texto y sus mensajes

La Felicidad se cocina en casa

Una receta original de la familia Moreno

 Madre: Todos los jueves en esta casa se comen  empanadas.

Hijo:      Todos los jueves en esta casa se come una especie de engrudo

Madre: Caseras, por supuesto

Hijo:     En forma de Cosa

Madre: Son empanaditas de amor de la Familia Moreno

Hijo:     Son armas de destrucción masiva

Madre: Yo no sé no por qué sigo haciendo esta receta

Hijo: ¡Cada semana que pasa, le pone más ilusión!

Si no las hiciera más, los jueves no serían jueves, y ella, no sería ella

Madre (en off): Las familias que comemos juntas cada día, valoramos lo que los demás hacen por nosotros

Locutor: Coca Cola, las comidas, Mejor Juntos

Hasta aquí la descripción (con elementos subjetivos) de las escenas y el ambiente, y la transcripción del texto. Las interpretaciones pueden ser vistas de este modo: la madre, descuidada en su aspecto y ojerosa, amasa sin habilidad una masa que efectivamente parece engrudo. Veo en las expresiones, en el tono de voz, ese entusiasmo chirriante y molesto que rápidamente desemboca en una cara de desconcierto:”Yo no sé por qué sigo haciendo esta receta”, como en respuesta  a las afirmaciones del hijo, que en realidad no conoce. Esto contrasta con la soltura del niño y su confianza para hablar. Lo que más llamó mi atención fue el término que emplea el niño para referirse a su madre al final: “ella”. No es una palabra con la que un niño o adolescente suela referirse a su madre, salvo en un contexto en el que ya fue nombrada como “mi madre”, “mi mamá”, o “mi vieja”. Así aislado, este pronombre suele  revelar  un  plano de igualdad entre el que habla y la persona nombrada. Más claramente, es similar al “aquella” o “aquel” usados para referirse coloquialmente a una pareja (“¿Cómo anda aquel?” “Aquella me pidió que fuera más temprano”). Y aquí voy llegando a mi punto: salvo por la escena familiar del final del aviso, nada indica en las palabras del niño que se esté refiriendo a su madre, porque se coloca en un plano de igualdad total con ella. El texto “Si no las hiciera más, los jueves no serían jueves, y ella, no sería ella.” hablan de la condescendencia del niño para con su madre, a quien sabe en inferioridad de condiciones. ¿Por qué? Porque en realidad él ve las empanadas como “una especie de engrudo” “en forma de cosa”, que metaforiza como “armas de destrucción masiva”. Pero no puede matar la ilusión de esta mujer, porque “cada semana que pasa, le pone más ilusión”. Incluso aventuro una hipótesis, y es que este comercial puede haber sido pensado en principio como el contraste entre la visión de una esposa y la de un marido disconforme con la comida de los jueves. Hágase el experimento de pensar las palabras del niño en boca del marido. El resultado, sin embargo, sería un comercial que podría ser tachado de machista. Si añadiéramos el tono de condescendencia y superioridad, hordas de espectadores indignados hubieran saltado por la incorrección política del anuncio.

El lugar

Desde una postura pretendidamente simpática y humorística, este aviso tiene como eje el plano de jerarquía madre-hijo, que se invierte: el niño es simpático pero ordenado, suelto en gestos y comentarios pero obsesivo en el orden, creador de metáforas graciosas pero aprecia las colecciones.  Es el portador del discurso serio, coherente y realista: es lo que tradicionalmente llamamos una persona “madura”. Es el adulto de la relación. La madre es desordenada pero esforzada, sus metáforas son cursis e infantiles (“empanaditas de amor”) y no sabe por qué hace lo que hace pero tiene ilusiones de que es un valor en sí mismo. Es la niña de la relación. Cree en lo que hace como un niño cree en Papá Noel, los Reyes o el Ratón de los Dientes, y el adulto de la relación sonríe desde un plano de superioridad pero no quiere matar la ilusión infantil, hasta llegar a la frase final de que sin esa ilusión, “ella no sería ella”.

Como en este aviso, en muchos otros podemos ver esa inversión de roles. No discuto aquí si niñas y niños son sujetos de derecho porque lo doy por descontado. Tampoco voy a afirmar bajo ningún concepto que el padre y la madre por ser tales son portadores de la verdad. Pero asistimos hoy a una creciente falta de diferencia en los roles que en vez de sumar seguridad a los niños le quita seguridad a los padres. El desconcierto, la falta de afirmaciones claras y serias en el mundo de los adultos, hace que cada vez estemos  menos en un "lugar". No hablo aquí de etiquetarse y anclarse en un lugar simbólico . Pero la falta de roles definidos en  al ámbito familiar termina generando situaciones extremas: por un lado, tratar de dialogar y acordar absolutamente todo con los hijos, con la angustia de que se viva en una incertidumbre total sobre qué es lo que hay que hacer y qué no. Por otro lado, y a veces como respuesta desesperada a esa angustia, las verdades terminan imponiéndose de manera absoluta y autoritaria. Hágase el traslado que se desee a otros ámbitos donde los roles estén confundidos: en el fondo, vivir con culpa a defender nuestras verdades y tratar de matizar todo con humor es una forma de no jugarse, como padres, como adultos, o  como ciudadanos. No hay que pegar para convencer. El diálogo es el medio de resolución de conflictos, sin duda. Pero sólo sirve en la medida en que los interlocutores estén convencidos de lo que piensan, y de que la energía que invertimos en discutir lo sea por asuntos realmente importantes.  No hay que pegar, no. Pero a veces es más sabio decir “Es lo que hay para comer”.  

                                                                                                    Horacio Botta

(1)     En suma, el niño tiene el aspecto del protagonista de “Mi familia del futuro”, del tipo estudioso o como podríamos llamar vulgarmente de “nerd” o “traga”, lo que se ha dado a llamar el “loser” (“perdedor”), si seguimos el odioso sistema de exclusión social copiado de los Estados Unidos y cuya ejemplificación se puede ver en la serie “Glee”. Al igual que en esta serie, el niño aparentemente “loser” es en realidad un “winner”, un “ganador” canchero.
(2)     Me parece gracioso que todos festejen cuando no se cuentan más de diez o doce empanadas. Tal vez hay otra tanda en el horno o el padre a escondidas fomente su masa corporal con un par de platos de polenta.

http://www.youtube.com/watch?v=xXIqtdXXsOQ

Apéndice del 27 de mayo:

A unos días de haber escrito esta entrada, me encuentro con un artículo que ataca el mismo tema, desde una óptica psicológica: es la nota de Contratapa de la Revista Relaciones, No 343, de Diciembre de 2012. No encuentro firma de autor/a, aunque supongo que es de algún miembro de la Redacción de esta publicación. Cito parte del contenido:
"Después de generaciones de padres rígidos y distantes, ahora los chicos están siendo criados por padres a los que les cuesta tomar su lugar como adultos. Algunos están haciendo todo lo contrario a lo que sus mayores hicieron con ellos, son padres que no quieren repetir viejos mandatos familiares, pero que además viven agobiados por las obligaciones cotidianas y por lo tanto conviven con poco tiempo para compartir con sus hijos. Entonces no quieren ser los malos de la película, pero fácilmente se vuelven en exceso complacientes y no saben frenar ciertas demandas"
No es este caso el del comercial, sino que estaríamos viendo otro nivel del asunto: el del hijo que superando el capricho y la demanda, aprende a conceder simpatía a la inoperancia de la madre.

domingo, 19 de mayo de 2013

Con estilo propio.


La escena: Una noche de domingo, mi mujer y yo,  cena en la cama buscando alguna banalidad no tan banal en la televisión. Y la encontramos. Normalmente, disfrutamos de los programas en que alguien fabrica o repara algo. No sólo es un espectáculo interesante sino que nos da ideas para acondicionar el hogar,  y hacerlo más nuestro. Así que un programa del canal “Utilísima” siempre es un buen zafe de la idiotez omnipresente de los comentaristas deportivos, las películas repetidas y los documentales de la BBC (por TNU …). Pusimos el canal. Una mujer de unos treinta años, con ropa y actitud de veinte, interceptaba misteriosamente una pantalla vieja de lámpara y una docena de corbatas, en lo que resultó una atroz  pantalla de corbatas. Luego, esta mujer de sonrisa constante e insistente entonación muuuuuy ascendente, decía haber lijado prolijamente (vamos, que lo hizo uno de los peones del canal) una mesa de luz antigua. Por el color natural  y la textura visible de la madera, parecía una buena mesa de luz, maciza. Luego anunciaba la pintura. Y en ese momento temblamos. “Le voy a pasar una capa de blan- cooo”. Nuevo escalofrío. La mujer con vocación de pendeja  seguía sonriendo. “Así la per-so-na-li-zaaa-mos”. No pudimos aguantar. Nos miramos. “¿Pero esta enferma va a arruinar la mesa de luz?”. “Le ponemos una ca-pi-ta de pintura blanca porque así resalta más el co-lo-or. En mi caso elegí na-raaan-ja”. Sí, la iba a arruinar. En el tiempo mágico de los programas de manualidades en que de un minuto al otro las cosas aparecen prontas, mintiendo acerca del esfuerzo y la paciencia, presenciábamos la ejecución. Una capa de naranja chillón se encontraba con otra de naranja más oscuro, no menos chillón, en esa cosa que llaman pátina y que significa: no lo haré prolijamente, no sé hacerlo prolijamente, no quiero aprender a hacerlo prolijamente y por lo tanto no me interesa hacerlo prolijamente.

Hasta aquí, yo le había ocultado a mi compañera mis pensamientos, y hasta intenté ocultármelos a mí mismo. Yo quise ser  banal, quise ver algo banal y no correspondía ponerme por demás reflexivo en esa noche de comida despreocupada en la cama. Pero la mujer en la televisión  confirmó mis oscuros pensamientos: “A mí me dieron esta mesa de luz, que era de otra persona, pero yo le doy mi estilo personal. Porque no hay nada mejor que darle a las cosas el estilo propio”. Y ahí lo verbalizamos (No estoy solo en este mundo): “¡Pero por qué no lo dejás como está!”. Lo dijimos casi al unísono.

He aquí mis pensamientos, esos que he tratado de apaciguar una noche de domingo y que este programa me arrancó a mi pesar: ¿Por qué la necesidad de darle a todo un estilo  personal? ¿Por qué lo llamamos estilo personal, si a fin de cuentas en nombre de él, cientos y hasta miles de personas copian lo que ven en la televisión, y por lo tanto reproducen un mismo modelo? ¿y en  nombre de qué angustia queremos dejar nuestro sello en todo lo que tocamos? No puedo evitar que se me presente, en contrapartida la imagen de los albañiles medievales, maestros anónimos, que muchas veces morían antes de ver  terminada la obra que construían en colectivo. Se me figura la paciencia de las bordadoras de mantas de las colonias inglesas, o el tiempo dedicado por los constructores de canoas, a repetir un único y colectivo modelo, producto de años y hasta siglos de ensayos y errores. Las sociedades  tradicionales solían tener una respuesta a la pregunta “¿Quién lo inventó?” y era “Siempre existió.”

No estoy en contra de la originalidad. Jamás podría: soy un hombre de mi tiempo. Pero encuentro sospechoso  que las Grandes Individualidades (grupo en donde entran Dante y  Sor Juana, Renoir o Frida Kahlo, por ejemplo) hoy ni aparezcan, ni se estimule su aparición, pero sí se afirme y promueva que TODOS dejen su sello personal, su marca individual, incluso en desmedro de lo creado en un tiempo anterior. Parece que nos olvidamos que las mentes geniales siempre se sienten deudoras de un pasado, y que la originalidad y el estilo nacen en diálogo con la repetición de un modelo.

Una cosa más. A la mesa de luz (ya naranja, ya otra mesa tristemente alegrada por la muchacha de sonrisa constante) le faltaba un último toque. Unos estenciles autoadherentes con palabras, compradas en alguna casa de bricolaje. Y allí quedó la mesita, con tres sellos dispersos que ordeno ahora a mi gusto: Pureza, Vida, Light.
                                                                                                             Horacio Botta